Estilos
arquitectónicos y pictóricos como representantes de la sensibilidad
artística de la época: en el siglo XIX, los ingleses miraban a la
Edad Media como fuente de inspiración. Los pintores prerrafaelitas,
rompedores mirando hacia atrás y la arquitectura neogótica que
inicia un viaje formal similar.
La construcción de ufaeno
de los más emblemáticos edificios, el Palacio de Wesmisnter,
edificado por Charles Barry, se terminó en 1865, año de la muerte
de Elisabeth.
Dos pesos pesados. Un fotógrafo y un
pintor. Dos visiones de la selva. Una selva igual y muy diferente a
la que vio y vivió Percy Fawcett. El fotógrafo Sebastiao Salgado
recogió en su obra Génesis su visión sobre el Amazonas, sus
gentes y sus paisajes. Nadie ha mirado la selva así. Henri Rousseau
utilizó todos los colores a su alcance para reflejar un mundo
absolutamente personal creando una selva es amable y hechicera.
Un poco de
Velázquez, un poco de Goya, un poco de Picasso. Un poco, sin
empachos, para pararse y paladear estas tres versiones del arte de la
guerra, del arte de matarse los unos a los otros.
Empezamos
con la elegancia, la honorabilidad, con el realismo naturalista del
pincel de Velázquez.
Es esta
una visión caballerosa sobre la demostración de lo vil que puede
ser el hombre con sus iguales. En Velázquez la rendición de un acto
de guerra se convierte en algo noble, una demostración de que esas
situaciones también sacan lo mejor de cada cuál. Lo único que le
falta es la banda sonora que eleve a la categoría la acción.
Le sigue
Goya. El horror, la crueldad, guían al aragonés con un dibujo
cortante y desprovisto de color. Los desastres de la Guerra ponen
encima de la mesa la afirmación clásica de Hobbes de que el hombre
es un lobo para el hombre.
El tercero
es Picasso y con él aparece la hondura espiritual del horror que
prescinde de la imagen fácilmente reconocible. Utiliza el cubismo
para verlo todo y sentirlo todo. El Guernica como símbolo.
Cercas
cita a los dos primeros y yo añado el tercero. Para elegir, o mejor
aún, para quedarse con los tres.
"Se no ha olvidado, pero es así. En realidad, la gente casi
siempre ha pensado que las guerras son útiles, que sirven para
arreglar los problemas. Eso es lo que los hombres hemos pensado
durante siglos, durante milenios: que la guerra es algo terrible y
cruel pero noble, el lugar donde damos la auténtica medida de
nosotros mismos. Ahora esto nos parece una gilipollez, un delirio de
tarados, pero la verdad es que hasta los artistas más grandes lo
pensaban. No sé, tú ves La rendición de Breda, con el campo de
batalla todavía humeante y toda esa gente tan caballerosa, tan digna
en la derrota y tan magnánima en la victoria, y te dan ganas de
estar allí aunque sea como un derrotado: ¡joder, pero hasta los
caballos parecen inteligentes y generosos! En cambio, tú ves Los
fusilamientos del 3 de mayo, o Los desastres de la guerra, y se te
ponen los pelos como escarpias y de lo único que te entran ganas es
de salir corriendo. Claro, nosotros ya sabemos que Goya está mucho
más cerca de la realidad que Velázquez, pero
lo sabemos desde hace poco; o quizá simplemente es que Goya
pinta la guerra tal como es, mientras que Velázquez la
pinta tal como nos gustaría que fuera, o tal como durante siglos nos
imaginamos que era. Sea como sea, seguro que cuando se fue a la
guerra Manuel Mena tenía una idea de ella mucho menos parecida a la
de Goya que a la de Velázquez, que es la idea de la guerra que
siempre han tenido los jóvenes antes de ir a la guerra.” (J.
Cercas)
Si
tuviera que promocionar las bondades naturales y paisajísticas de
Texas no estarían entre las estampas más favorecedoras los
fotogramas de Comanchería. Llanuras herbáceas infinitas
atravesadas por desoladas carreteras; montañones ásperos que no
invitan a perderse por sus senderos; pueblecitos escasos y apenas
transitados que aparecen como la adaptación siglo XXI de aquella
suma de casas con aspiraciones del lejano oeste; ranchos polvorientos
que han conocido mejores épocas. La adaptación humana en esas
latitudes es para los más resistentes, para aquellos que se han
hecho duros como el entorno o no han podido salir de él.
Los
horizontes infinitos invitan a soñar, pero también son
desasosegantes y amenazan con tragar cualquier intento de escape. La
naturaleza impone los normas y no parece estar dispuesta a cambiar
por muchas carreteras que la atraviesen, son caminos de paso que no
dejan huella en el carácter de la geografía. Engullen al ser humano
y sus tentativas de cambio.
Los
espacios humanos, esos pueblecitos limitados en extensiones
ilimitadas, son motas civilizadoras que apenas parecen contener lo
necesario. Sociedades exiguas, bien avenidas o encontradas a fuerza
de roce diario y de imposible escapatoria. Casas, unidades
familiares, perdidas en la inmensidad del paisaje que invitan a
filosofar o a mofarse de todo lo que no ayude a superar el día a
día, a sacar de la tierra lo necesario para seguir adelante.
El
paisaje es otro personaje más en la película. Ésta tendría otro
aroma si se encontrara anclada en otra geografía y estuviera rodada
y fotografiada con otra sensibilidad. El director, David Mackenzie,
lo sabe y Giles Nuttgens, responsable de la fotografía, también.
Conseguir que un paisaje, un entorno, acompañe y modele a los
personajes es un trabajo artístico al que se suma la pura
contemplación estética. Mirada ésta que eleva al rango de lo
estéticamente admirable lo cotidiano, lo destartalado, lo decadente.
Los que
hemos nacido sin dones o altas capacidades para crear tenemos que
conformarnos con disfrutar con el fruto de aquellos afortunados/as
con los que la genética, la educación, la formación o no sé muy
bien qué o quién, fue especialmente generosa. Dibujar es otro de
los placeres fuera de mi alcance, otro más. Pero, eso sí, soy
disfrutona y admiro el genio de gente como Rebecca Dautremer. Rebecca
no solo consigue crear mundos armada únicamente con las líneas que
salen de su lápiz si no que cuando utiliza los colores la delicadeza
de sus composiciones te impresiona. Su maestría es más que evidente
pero todavía la enriquece con la elección que hace de sus imágenes.
Retazos, expresiones, gestos, detalles, momentos que insinúan más
que muestran... una forma de plasmar la realidad que nos rodea muy
sugerente y de inventar aquella que no existe.
El
merodear, husmear o simplemente deambular por estas páginas que se
ojean con un leve tic, tiene mucho de pérdida de tiempo, aunque de
cuando en cuando te topas con verdaderas joyitas. Ha habido suerte y
he encontrado la noticia de la celebración de una exposición que
comienza en febrero, en Londres, : America after the fall:
painting in the 1930s Un
despliegue fantástico de un buen número de los mejores pintores
americanos de los años 30. Mientras Thomas Wofe se apasionaba con
las palabras, Edward Hopper realizaba esas obras paradas en el tiempo
que te invitan a pensar, Philip Evergood plasmaba su inconformismo
social con su pintura o Joe Jones plasmaba gráficamente los
problemas raciales visibilizándolos en el mundo del arte.
¡Inmersión!
"A
diferencia de las ciudades desarrollistas, edificadas en dos días
por alcaldes y constructores de escrúpulo corto para amontonar en
sus bloques a todos esos aceitunero altivos, las casas de Ruesta se
hicieron para resistir el juicio final. No eran refugios para
espantar el frío, sino legados. Piedras pensadas para pasar de
padres a hijos, en una sucesión interminable, con un sentido del
tiempo y de la propia historia que no concebían el abandono ni la
ruina"
Así habla Sergio del Molino de Ruesta, uno de tantos pueblos que no
aguantaron más y murieron en vida. Sus perfiles van desapareciendo,
no así los paisajes en los que estaban enclavados. Esos paisajes
cambian sin dejar de estar ahí. Un par de pintores, Ramón Gaya
citado por Del Molino, y un fotógrafo para constatan su existencia.
Vámonos a
lo básico, a lo sencillo, simplemente aquello que está al alcance
de todos, independientemente de los conocimientos de cada uno:
contemplar. Ya se sabe que todos los conocimientos previos sobre
cualquier cuestión aportan un valor añadido, preparan mejor para el
disfrute y apreciación de cualquier tema o cuestión. No obstante,
el arte puede sortear esta cuestión. Para apreciar el arte
únicamente se necesita sensibilidad y apetito. La traducción a
imágenes de las historias de Zang Yimou es propia de un pintor que
encadena cuadros. Algunos fotogramas... y volver a ver las películas.
"Como
él (Stalin) piensa que Moscú debe comenzar a convertirse en la
capital de la arquitectura proletaria, tiene sus ideas al respecto.
Se las comentó al proyectista Schúsev y a los arquitectos Savaeliev
y Stapran y les encargó los planos con la seguridad de que ellos
sabrían interpretar lo que él tenía en mente. Los arquitectos
temblaron al oír lo que Stalin les peída y proyectaron, cada uno
por su lado, lo que creyeron que podían ser las ideas del Jefe. Pero
cuando Schúsev le presentó los dos proyectos, él no pudo verlos de
inmediato, tenía otros problemas, y no se sabe por qué, a la semana
siguiente los planos volvieron a manos del proyectistas Schúsev...
autorizados los dos por el camada Stalin ¿Cómo era posible?, se
preguntaron. ¿Quería dos hoteles, o quería los dos proyectos, o
había firmado los dos por error? La única solución era preguntarle
al camarada Stalin si se había equivocado, pero... ¿quién se
atrevía a molestarlo en su vacaciones en Sochi? Además, el
Secretario general nunca se confunde. Entonces Schúsev se iluminó
el como el genio que es: realizarían los dos proyectos en un solo
edificio, una mitad según el de Savaliev y la otra siguiendo el de
Stapran lograron salir airosos. El edificio es absurdo, un horror
estético, pero existe y cumple con las ideas y la decisión del
camarada Stalin."
Padura, por
boca de sus personajes, introduce este valoración del Hotel Moscú
construido en 1935 en Moscú bajo las órdenes de Stalin, es la
época del realismo soviético o realismo socialista. Con Stalin, la
vanguardia artística se convirtió en un movimiento
contrarrevolucionario siendo el realismo soviético el arte aceptado
por la oficialidad. Artistas, convencidos o no, por y para la causa.
Hay una
forma de apreciar la obra artística que es difícil de conseguir y es la perspectiva aérea. Todo un lujo poder apreciar
edificios o complejos arquitectónicos desde el aire. Ser un gorrión
caprichoso que sobrevuela y se para allá donde le place. Subir o
bajar según lo requiera la perspectiva deseada. Los drones han
puesto al servicio de sibaritas de todo pelo el cumplir el deseo de
una perspectiva aérea al gusto. Y no sólo desde exteriores, en
algunos casos eso se está haciendo con helicópteros, si no
también en interiores. En el siguiente caso, sin saber con toda
seguridad si es esta la tecnología elegida, el resultado
es impresionante.
¿Qué es lo
que hicieron Theaster Gates, Marina Abramovic o Banksy, por ejemplo,
para conseguir que su obra tuviera éxito? Aunque estoy muy lejos de
poder contestar a eso, Will Gompertz destaca de Theaster Gates su
capacidad para emprender, de Marina Abramovic su curiosidad y la
valentía de Bansky.
Qué le
gusta a un espía? ¿Dormir en casa? ¿Pasear por el barrio? ¿Ir al
cine? Ni repajolera idea, pero vamos a imaginar que no cuesta nada y
es divertido. Tenemos dos espías, uno más que otro, dos personajes
cinematográficos basados en otros tantos reales y un medidor clase
media alta americana. Son menos glamurosos que los espías literarios pero
mucho más interesantes, más cercanos a la persona de a pie, a
cualquiera de nosotros. Personajes que en un momento dado de su vida
se convencen de que su patria les necesita y su trabajo se presenta
como fundamental para el bienestar de su familia, amigos, entorno, su
propia sociedad y sistema de valores. Entonces, dar el paso marcará
un antes y un después en su vida.
Estos
personajes que un buen día se transforman en anónimos héroes
sacrificados pudieran tener inclinaciones artísticas y admirar la
vanguardia más rompedora, lo último de lo último, o quizá estar
chiflados por los clásicos que alimentan páginas en los manuales de
arte. Sea como sea, lo único cierto es que al espía ruso de nuestra
historia le gusta pintar y eso es un dato prometedor. No sabemos más
y le vamos a imaginar al tanto de la movida americana años 60
pero también del arte realista socialista comprometido con la
causa, aunque según se atisba en la peli, no es su estilo.
Y al
mediador americano le vamos a adornar su salón bien surtido con la
vanguardia más intelectual, con los representantes más
rupturistas, expresiones del interés puro por la pintura como
objeto y objetivo en sí mismo, le vamos a colgar en el dormitorio un
Pollock (puede que le tensione más que lo vivido en Alemania)
Japón
podría ser el país del arte en vena. Uno de esos lugares de la
Tierra en los que la preocupación por lo estético, por rodearse de
un entorno armonioso, de objetos en los que se ha empleado una
preocupación estética, lo impregna todo. Esa propensión a la
belleza va mucho más allá del entorno, se extiende al vestido, a la
presencia física, a la forma de moverse en los espacios, de ejecutar
las rutinas diarias. Todo regido por estrictos códigos adquiridos y
reproducidos hasta hacer una conducta estética de la rutina diaria.
Preocupación constante por rodearse de la belleza que brinda la
naturaleza, por hacer de la simplicidad un ritual de elegancia
natural. De esta forma, no puedo por menos que pensar que hay algo de
genético y transmisible en esa forma suave y elegante que tienen los
japoneses/as al mirar el mundo.
Pierre Loti
habla con prodigalidad sobre las casas que habitan, los vestidos, las
sombrillas, los peinados, toda la vida cotidiana que pudo apreciar al
convivir en Nagasaki. Admirándolo y poniéndolo en constrate con lo
que los europeos adoptamos y reinterpretamos a la hora de hacer
nuestro lo "oriental". Habla de japonerías, resaltando lo
poco que tienen que ver con el modelo original. Hace algún año
CaixaForum organizó una exposición a la que tituló: Japonismo, la
fascinación por el arte japonés. Se analiza el flechazo del arte
japonés en el Paris de finales del siglo XIX al igual que su
influencia en España. Tuve la suerte de verla y, aunque posiblemente
un japonés fetén se extrañaría, yo quedé fascinada.
"Lo
que sorprende desde el primer momento en los interiores japoneses es
la limpieza minuciosa y la desnudez blanca, glacial. Sobre esteras
irreprochables, sin una arruga, sin un dibujo, sin una mancha, se me
invita a subir al primer piso, a una gran sala en la que no hay
nada, abasoluamente nada. Las paredes de papel están formadas por
bastidores plegables, que, en caso de necesidad, pueden entrar los
unos en los otros; todo un lado del departamento se abre en galería
sobre la campiña verde, bajo el cielo gris."
"Yo mismo me río
ante el recuerdo de ciertos salones llamados japoneses, abarrotados
de bártulos y tapizados con groseros bordados de oro
sobe la seda de exportación, vistos en las casas de hermosas
parisinas. Yo aconsejo a estas personas que vengan a ver cómo están
arregladas aquí las casas de personas de buen gusto
-que vengan a visitar las soledades blancas de los palacios de
Yedo-. En Francia hay objetos de arte para gozar de ellos; aquí,
para encerrarlos, bien clasificados, en una especie de departamento
misterioso, subterráneo, resguardado por rejas de hierro, llamado
godún. Sólo en raras ocasiones y en honor de algún visitante de
distinción, se abre este lugar impenetrable. Una limpieza aparente,
extrema en su conjunto, y una increíble preciosidad en los
pormenores infinitamente pequeños: tal es el modo japonés de
comprender el lujo interior."
Loti también cita al fotógrafo
japonés, Uyeno, que hacía el furor en el Nagasaki de la época. Un
poquitín de él .
"En cartas antiguas encerradas
en esta caja y dirigidas a Crisantemo reconozco los dos caracteres
que significan su nombre: "Kikú-San" (Crisantemo
señorita), y cuando la interrogo, me responde en japonés con un
aire de mujercita seria: "Querido mío, son cartas de mis
amigas". ¡Oh! ¡Qué lindas son estas amigas de Crisantemo! En
esta misma caja están sus retratos; sus fotografías pegadas en
tarjetas de visita que llevan al dorso el nombre de Uyeno, del
artista de Nagasaki"
Son joyas de
bolsillo. Poseen la frescura de lo inmediato. Testimonios directos, el
resultado del impacto recibido al ver paisajes, personas, animales,
situaciones, objetos… que llenan poderosamente la atención del viajero-artista.
Al estilo de la sensibilidad japonesa que admira la belleza de la imperfección de
sus cerámicas, son maravillas inexactas, fabulosas en su incorrección, fruto
del momento o la urgencia. Por todo ello son joyitas únicas, personales,
irrepetibles, hechas en una determinada circunstancia ante un determinado
estímulo. De los cuadernos de viaje, con categoría de tal, me gusta hasta la
caligrafía pues habla de su autor sin pretenderlo, de su personalidad, de su estado
de ánimo. Si además, el autor escribe con la suficiente gracia como para ser
leído por puro placer, el cuaderno de viaje es todo un regalo.
Bien,
centrándonos en esos dibujos maravillosos que inspiran el frío, en formato
cuaderno. A modo de introducción, un buen paseo por un publicación que recoge
cantidad de talento y viaje.
La aventura de los polos.
Cuadernos de viajes de grandes exploradores
La fotografía de los fríos polares tiene entre sus mejores representantes a Frank Hurley. Hurley realizó algunas de las mejores fotografías de la Antártida (lo sé, no es el Ártico, pero su temática y belleza me disculpa de la trasgresión) en la expedición de Shackleton de la que formó parte. Un ejemplo clarísimo de como el blanco y negro en fotografía puede llegar a ser arte indiscutible (aprovecho para aconsejar la lectura de Atrapados en el hielo de Caroline Alexander, apasionante)
Termino con una rareza ¿rareza?, no una arquitectura polar que marca la pauta hacia el futuro. Hugh Broughton ha diseñado una construcción, otra vez en la Antártida, que parece estar inspirada en los relatos de ciencia ficción. Sobre los hielos polares destaca como un ciempiés colorido que se hubiera despertado un día fuera de lugar. No se parece a nada diseñado en las regiones polares, ni las costrucción inuit totalmente adaptadas al entorno, ni a las bases científicas instaladas anteriormente le inspiran. Con afán de funcionalidad y estéticamente único, se admira obligatoriamente.