Me atrevería a asegurar que las
preocupaciones de Jun Do, el protagonista de Elhuérfano están
orientadas cuestiones vitales más que estéticas. también se muestra sensible
cuando se encuentra ante la belleza. De esta manera, son raros los hilos
artísticos de los que tirar para descubrir el arte de la sociedad en la que se
desenvuelve Jun Do.
(Abro paréntesis
y a modo de chascarrillo he de decir que me he topado con un artículo
periodístico en el que se asegura que la
moda coreana es sensible, también aquí, a los gustos del líder y su corte de
pelo hace furor)
¿Cuáles serán las inquietudes
artísticas de los creadores norcoreanos? ¿Habrá trasgresión, innovación e
inconformismo en sus obras? ¿Han encontrado un camino expresivo continuista en
el fondo y rompedor en la forma? Si el arte sigue por los mismos derroteros que
los demás aspectos de la sociedad, los interrogantes sobran, pero estoy
dispuesta a sorprenderme. Veamos.
Me quedo algo más tranquila. Si
el pueblo coreano, sea de la parte que sea, en algún momento de su historia,
llegó a tal armonía expresiva, en algún rincón de la sensibilidad de sus
habitantes resurgirá, transformada y enriquecida.
No es de extrañar que el
flautista de Hammelin se sirviera únicamente de un instrumento musical y de una
melodía para convencer y vencer. El poder de la música es evidente. No solo
embriaga, conmueve y con la letra adecuada puede llegar a ser transformadora.
Dejando un poco esquinado el
impacto que produce en nuestra parte más sensible, y poniéndonos pelín
intelectual, tengo que confesar mi absoluta perplejidad. ¡Qué riqueza y que
distancia proporcionan las distintas culturas! No poseo las suficientes herramientas
para que el mensaje profundo de estas músicas tradicionales coreanas me
transforme a mí también.
Pero en un momento dado se
produce una variación, un cambio que lo transforma todo, y a la tradición se
une la exaltación de los valores patrios y de lo heroico. Esto está bastante más
claro
No hace tanto de la división de
Corea a través de una línea imaginaria y real, pero la diferencia es muy clara. El
“eslabón perdido” seguro que existe, pero no lo he encontrado aunque me he
topado esta juventud surcoreana.
Si nos dejamos llevar por ley del
mínimo esfuerzo, el pararse a pensar puede llegar a ser un fastidio, no tenemos
tiempo, da pereza… pero no hay otro remedio.
Ejercitar ese órgano que dicen de color gris y que se aloja en la cabeza, cada
día que pasa es más importante.
La dirección evolutiva que nos
descubrió Darwin nos lleva a desarrollar un hombre-mujer físicamente justito/a
y cerebralmente sobredimensionado/a. Y es que subidos a lomos de la tecnología
no hay quien nos pare. El hombre sabio, enciclopédico, renacentista, a la
manera de Da Vinci, se quedó allá, en el siglo XVI y alrededores. Tranquilo
todo el mundo, no importa. En todas las
épocas nacen y se hacen personas que no paran en toda su vida de establecer relaciones
neuronales, y que a base de hacer uso de ellas, obtienen un producto del cual
nos beneficiamos los demás. Con ese esfuerzo y con la ayuda de la inteligencia
artificial, estamos alcanzado velocidades de crucero en nuestros conocimientos
difícilmente imaginables hace unos pocos años.
Pero no nos engañemos. Gran parte
de lo conseguido con la catapulta informática, para una abrumadora mayoría, no
desarrolla saberes excesivamente profundos en cada uno de nosotros, casi todo es más bien a nivel usuario,
intuitivo, instintivo… Así pues, un mundo de posibilidades a nuestro alcance si
tenemos ojos para ver, dedos para enredar e intuición para acertar. Ya, bien.
Con todo y con ello, no se me va de la boca el regusto agridulce que me provoca
el saber que unos pocos piensan mucho y los demás lo hacemos menos. ¡Oye, qué
descanso! Y me ratifico en la impresión cuando veo que caminamos en esa
dirección, al comprobar por ejemplo, que se baraja la posibilidad de eliminar la enseñanza de la filosofía de
nuestro bachiller, materia fundamental para aprender a pensar y a seguir
aprendiendo.
Esta idea en la que parece que el
esfuerzo que supone pensar y crear criterio propio está algo sobrevalorado,
mientras que lo que verdaderamente está la mar de bien visto es tener sobre el
saber, o incluso el ser, me viene de cuando en cuando con un movimiento
cíclico. El último recordatorio lo he tenido al leer la penúltima buena idea de
Zuckerberg, el creador de Facebook: “A year of books” (Un año de libros)Consciente
y concienciado de la importancia de la lectura, Zuckerberg va a apadrinar,
crear, inaugurar… un club de lectura. Bien. Guiado por el afán de difundir
buenos hábitos y mejores conductas, va a difundir entre sus miles de seguidores
los beneficios de leer un libro al menos cada 15 días, proponiendo un título.
Imagino que hay un buen número de autores cruzándose los dedos, hasta los de
los pies, para estar entre los elegidos, el resultado ha sido más que notable
para Moisés Naím y su “El fin del poder”
que ha conseguido pasar del número 203 al 19 de los best sellers (Amazon),
después de la primera recomendación de Zuckerberg.
Pues bien, difusión cultural a
tope. Y a continuación, esa neurona
trapecista que tengo y que salta de una cosa a otra, me ha llevado a recordar una
noticia aparecida a mediados del año pasado. La noticia reflejaba un
estudio hecho por Facebook en el que manipulaba el estado emocional de las
personas valiéndose de mensajes positivos o negativos.
De esta manera, pequeñas dosis de
optimismo nos hacen estar más positivos y las noticias negativas nos hunden el
ánimo. Nada nuevo bajo el sol, dirán los psicólogos. Por otra parte, que
críticos y aficionados recomienden o compartan libros o contenidos culturales
tampoco es nada extraño. No obstante, cuando desde un medio de masas con miles
de seguidores parecen jugar a influir en los estados de ánimo de sus seguidores
( a modo de prueba, experimentando, jugando), o en lo que leer, puede que
debamos pararnos a pensar. Ha llegado el momento. Nos apetezca o no, será
conveniente no digerir sin cuestionar todo tipo de productos apadrinados por
gurús mediáticos, y mucho más sano beber de distintas fuentes. Luego pararse a
pensar mientras hacemos una digestión intelectual altamente enriquecedora, y
llegar a acertar o no por propio convencimiento. ¡Qué esfuerzo!
Una pasión que se convierte en
trabajo, y esta ocupación laboral se engrandece al adquirir dimensión social y
nivel artístico. Lo que nos cuenta el documental “La sal de la Tierra” no es un ejemplo único, no obstante no
abundan. Que el trabajo de cada día sea una pasión para el que lo desarrolla es
ya un lujo, pero que se transforme en un regalo para los demás, es
sencillamente maravilloso.
A dos manos, Juliano Ribeiro
Salgado, hijo del fotógrafo, y el director alemán Win Wenders nos acercan a la
biografía de Sebastián Salgado, y sobre todo, a su obra. Los datos biográficos
están ahí, no podía ser de otra forma pues ayudan a entender su trabajo, pero
aparecen en función de su obra.
El hombre, la sal de la Tierra,
es el tema central de la fotografía de Salgado. Aunque no de forma exclusiva,
pero si en su mayor parte, son los hombres y mujeres sencillos, en sus vidas
diarias, en sus entornos naturales, en sus desdichas, los que acaparan el
objetivo de su cámara. Sebastiao toma prestada su tristeza, su angustia, su
inocencia, su esperanza, para enseñarnoslas y conseguir una descarga
instantánea, una agitación de nuestra conciencia anestesiada. Imágenes
potentísimas en su contenido y absolutamente bellas en su resultado. Impactantes
instantes fijados de los que Salgado extrae su esencia, aquello que es difícil
de nombrar con palabras.
Detrás de un gran hombre, o de su
proyecto, siempre hay una gran mujer.
Amén. No son demasiados los detalles o aspectos que aparecen de Lélia, no
obstante son suficientes para darnos cuenta de la talla de esta mujer. Un paso
atrás, siempre ahí pero invisible. No obstante, el público que se acerque a
conocer el trabajo de Salgado no puede por menos que reconocer su función como
soporte familiar y guía laboral de su marido. Además, en el último proyecto ha
sido ella, con ese tesón que se le adivina, la protagonista y el empuje
necesario para dar una vuelta de tuerca en el trabajo de su marido y en su
orientación vital. Puede que esta mujer tenga una biografía por escribirse.
El documental se presenta como
una narración a tres manos. Tres
aproximaciones diferentes. Win Mendes codirige y da su opinión personal como un
admirador más del trabajo de Salgado. Su hijo, realiza el guión y dirige junto
a Mendes, pero aporta el punto de vista íntimo de un hijo que ha visto el
esfuerzo que ha requerido a su padre llegar donde ha llegado, e intenta
conocerlo un poco más y rendirle homenaje. El propio Salgado también tiene voz
y es, claro está, la aproximación más interesante. Aún sabiendo que una vez que
se finalice un trabajo así, ya no le pertenece y que es de cada uno que lo
observa, es un placer escuchar al autor explicándose.
Aunque el relato cronológico sea
el formato elegido en la narración, el
documental empieza pisando fuerte con fotos de la mina de oro de Serra Pelada. Un
caos organizado rebosante de humanidad en un esfuerzo primario y esencial. El
cuerpo central del documental, nos hunde en la miseria humana hecha realidad en
escenarios como Africa o la ex Yugoslavia. Aquí el personal traga saliva.
Salgado nunca pierde la compostura, estética, pero en estos lugares su objetivo
da cobijo a todos los desheredados de la Tierra. En la sala de cine donde yo
pude ver el documental, se produjo un suspenso mudo. Ni el rasgar de una bolsa
de maíz, ni el chasquido de una palomita, ni una tos, ni un revolverse nervioso
en la butaca. Nada. Clavados y con el corazón encogido. Por fortuna, el último
trabajo del fotógrafo y de su mujer, y con el finaliza el documental, es una
bocanada de aire fresco esperanzado y un canto a todo lo bello y digno de
conservación existente en el mundo. Un torbellino anímico.
La palabra fotografía encierra un
significado precioso. La palabra es la
unión de dos vocablos griegos: φως phos y γραφίς grafis, luz y dibujo, dibujar
con luz. Bonito eh? Sencillo. Parece fácil invertir un poco de dinero y
conseguir una cámara fotográfica con ciertas prestaciones y ponerse a dibujar
con lo que la luz hace visible y con lo que oculta. Ya, fácil.
¡Cómo mira este hombre! su mirada. Uno de los encantos de todo lo
relacionado con la estética, la sensibilidad y la expresividad es que ante la
misma visión, cada cual ve cosas diferentes. Salgado dice que miramos con
arreglo a lo que llevamos dentro, y añade que a él su formación en el área de
las ciencias sociales, era economista cuando se convirtió en fotógrafo, le ha
hecho mirar el mundo de una determinada mirada. Seguro, pero hay un punto de
genialidad que separa a los grandes de los demás.
El fondo, el marco que da cobijo a la figura que se retrata,
el encuadre que delimita el entorno, aquello que debe estar en la foto ya que
añade significado. Salgado al mirar por el objetivo le da mucha importancia al
entorno que rodea al motivo principal. Si no es el adecuado, no merece la pena
fijar el instante que se presenta ante el objetivo, el resultado no será el
mismo.
¿Qué tiene el blanco y negro que todo lo potencia y
transforma? Si la fotografía es dibujar
con luz, el blanco y negro debería ser su formulación más pura, desde el
blanco, la totalidad, hasta la nada del negro. Entre ellos todos los matices de
grises. Hay algo de genérico y esencial en esta modalidad. La atención no se
desvía con rojos poderosos ni se remansa con azules celestes. No, va al grano,
directa al alma de la imagen. Así si hablamos de desesperación todo te lleva a
una mirada o a un gesto, no hay distracción cromática que atenúe o difumine el
fogonazo que recibes. El blanco y negro, con su séquito de grises, estuvo en el
origen de la fotografía y seguirá ahí, ausente de modas, mientras se encuentren
ojos como los de Salgado.
A tener en cuenta, las lecciones
del maestro, Sebastiao Salgado (Premio Príncipe de Asturias de las Artes, 1998)
La historia de la fotografía no
tiene un recorrido temporal grande y la mayoría de sus representantes provienen
del mundo occidental. Así pues no hay que irse muy lejos para llegar a los
primeros pasos de la disciplina y de sus representantes. A cambio, la evolución
técnica ha sido trepidante; el desarrollo temático y la ampliación de sus
objetivos no ha dejado de crecer y su difusión entre el gran público es tal,
que se puede decir que su utilización es masiva. De esta forma, aunque con
ninguna autoridad y muchas ganas de disfrutar, casi todo el mundo tiene algo
que decir sobre la fotografía. En este momento, la mayoría llevamos en nuestros
bolsillos, uno de esos teléfonos completísimos, como las hamburguesas, que
incorporan una cámara de fotos y con la cual, además de retratar a la familia,
nos dedicamos a disparar a troche y moche intentando captar la fugacidad de un
instante bello, curioso o único, según cada cual.
La posibilidad de captar y dar
testimonio de una realidad que debe ser difundida es tan poderosa, la imagen
conecta sin necesidad de explicación ni idioma, que la fotografía-documento o
social es una de las modalidades que se presentan como imprescindibles. Pero
además, si al hecho de ser un documento con una función social le añadimos una
vocación estética, como en el caso de Salgado, ahí yo me inclino y descubro.